El cuidador informal (no profesional) de un familiar en situación de enfermedad y dependencia es una figura cada vez más habitual en los domicilios españoles.

El 8,5% de la población española que vive en casa declara algún tipo de discapacidad para las actividades de la vida diaria, y el 55,8% de estas personas son dependientes. Según la «Encuesta mayores 2010», el 87% de las personas mayores en España prefieren vivir en casa y el 63% prefieren ser cuidados por la propia familia.

Todas estas personas, familiares o personal contratado por la familia, tienen vocación de cuidadores pero  es muy frecuente que carezcan de la formación necesaria para realizar día a día esta función. Cuidar de una persona dependiente las 24 horas del día requiere de mucha fortaleza, tanto física y mental, como emocional. Es muy importante que el cuidador del paciente sepa reconocer que necesita ayuda, y que ello no le distraerá de su labor de cuidar sino que lo hará más eficaz. Son frecuentes e incluso previsibles las reacciones de agotamiento y estrés. Esta situación “límite” puede perjudicar la salud física y psicológica del cuidador, esto se denomina “síndrome del cuidador”.

En estos casos es muy importante ser capaz de delegar tareas y dividir responsabilidades con otros familiares, así como solicitar ayudas externas y sociales. No temer acudir a un profesional: psicólogo y/o fisioterapeuta si empezamos a detectar síntomas físicos o psíquicos que nos indican que no tenemos controlada la situación.

Aquí tenemos una serie de propuestas útiles para el cuidador con el objetivo de que su calidad de vida no se deteriore:

Solicitar información adecuada sobre aspectos médicos de la enfermedad: evolución futura, complicaciones, medicación, conocimientos prácticos para afrontar los problemas derivados tales como nutrición, higiene, adaptación del hogar, movilizaciones del paciente, etc. Todo ello favorece la sensación de control y de eficacia personal.

No olvidarse de uno mismo y cuidar de su salud. Intentar tener espacios de descanso, dormir las horas suficientes y mantener una alimentación adecuada. Permitirse un merecido descanso diario o semanal, fuera del contacto directo con el enfermo.

Cuidar las posturas: El cuidador debe vigilar sus  posturas y la técnica que utiliza para llevar a cabo los cuidados básicos de la persona dependiente, las movilizaciones, las transferencias del sillón a la cama y a la silla de ruedas, etc. Si el enfermo es incapaz de colaborar con las movilizaciones y transferencias se deben utilizar ayudas técnicas (silla de ruedas, grúa) o la ayuda de otra persona. Nunca se debe desplazar a un dependiente cogiéndolo “a pulso” una sola persona.

– Fomentar la independencia del familiar. Dejar que el paciente mantenga todas las actividades que pueda hacer por sí mismo, aunque lo haga lento y mal. Vestirse, comer o cuidar de su aseo repercuten en la autoestima del familiar y en su salud.  Si no es capaz de realizar estas actividades por sí mismo el cuidador debe brindar sólo la ayuda necesaria (por ejemplo en el vestido: si la persona afectada sólo necesita ayuda para abrocharse los zapatos hay que fomentar que el resto de tareas como ponerse la camiseta o abrocharse los botones lo haga sin ayuda).

Manejar las caídas. Para prevenirlas debemos adaptar nuestro hogar a las necesidades del paciente (colocando barras en el baño, pasamanos en las escaleras, mejorando la iluminación, quitando las alfombras, etc.). Cuando el familiar es capaz de desplazarse por sí mismo se debe vigilar que no tenga ningún problema de audición, vista, estado físico y llevar ropa y calzado adecuado. Si a pesar de todo la caída se produce,  el cuidador debe saber cómo movilizar al familiar y  evitar lesiones propias y empeorar las existentes en el mayor.

Desarrollar habilidades de comunicación. Debemos evitar hablar con el mayor cuando está enfadado o cansado, saber reaccionar ante muestras de agresividad,  actuar de forma adecuada ante posibles alucinaciones y, sobre todo, tener paciencia y ser comprensivos.

Evitar el aislamiento de sus relaciones sociales habituales. Obligarse a mantener el contacto con amigos, familiares y gente de su entorno. Salir de la casa con otras personas, no quedarse encerrado. Los vínculos afectivos cálidos amortiguan el estrés.

Hacer uso de centros de día para estimular física y cognitivamente a la persona enferma y que el cuidador disponga de ese tiempo “libre”, residencias para ingresos temporales, o personal contratado de asistencia domiciliaria o para tareas del hogar si la situación lo requiere.

Victoria Manjón

Fisoterapeuta en Centros de día Salus Mayores

Colegiada nº 9.915