La estimulación cognitiva consiste en la realización de actividades para mejorar, bien una determinada área cognitiva (atención, memoria, etc.), bien el rendimiento cognitivo global. Cualquier persona se beneficia de esta actividad ya que potenciará sus capacidades y les protegerá del deterioro cognitivo asociado a la edad, a la demencia o a una lesión por accidente de tráfico o ictus.

Que la estimulación cognitiva produce una mejora de tales capacidades no es algo que solo podemos observar a través del rendimiento en tests o en tareas cotidianas. Las técnicas de neuroimagen nos han permitido ver el cerebro y nos están permitiendo descubrir qué ocurre en él para que realmente seamos mejores en unas habilidades determinadas.

Actualmente sabemos que el entrenamiento cognitivo produce unos cambios en nuestro cerebro mediante un proceso al que llamamos plasticidad. Podemos definir la plasticidad como la capacidad de nuestro cerebro para adaptarse a su propio estado o a las demandas del medio externo.

En 1950 estudios como los de Hebb demostraron tal proceso en el cerebro del niño en desarrollo. Más tarde se descubrió la plasticidad en las personas que habían sufrido una lesión cerebral. Pero lo más interesante para nosotros es que recientemente, en el año 2008  los científicos Draganski y May han descubierto que el simple entrenamiento produce plasticidad en el cerebro adulto. Esto quiere decir que con el aprendizaje, la experiencia y el ensayo se producen cambios funcionales y estructurales en nuestro cerebro. De ahí la idea de que los ambientes estimularmente enriquecidos y que constantemente demandan nuestras funciones cognitivas producirán una mejora en el rendimiento cognitivo general. Es decir, darán lugar a personas con mejor memoria, con una capacidad mayor de tolerar la frustración, con capacidad de atender una o más cosas a la vez con menos sensación de cansancio, más capaces de planificarse, organizarse, de invertir su tiempo eficazmente, de alcanzar mayor fluidez en su lenguaje o entender mejor a las otras personas.

Hoy día está en vía de estudio qué le ocurre exactamente a la célula para que los cambios cerebrales acontezcan. Hasta el momento se ha podido observar cómo las neuronas proliferan en el hipocampo (estructura cerebral localizada en los lóbulos temporales, ha sido relacionada principalmente con el aprendizaje y la memoria), se ha observado angiogénesis (formación de vasos sanguíneos nuevos a partir de los vasos preexistentes) y activación de microglías (pequeñas células que se encargan de recoger restos celulares: lípidos, pigmentos, hierro. Su función fundamental es de “limpieza”). Se ha visto que todos estos cambios son mediados por un incremento en la expresión de ciertas sustancias como el BDNF (brain-derived neurotrophic factor), el NGF  (nerve growth factor), el NMDA (N-methyl daspartate) o el AMPA (amino-3-hydroxy-5-methyl-4-isoxazole propionic acid).

Una evidencia empírica de esta plasticidad se vio en un estudio en el que se entrenaba a primates para utilizar un rastrillo como herramienta que les ayudaba a alcanzar alimento. Tras este entrenamiento se observó en resonancia magnética un aumento de la fuerza y densidad de las conexiones temporoparietales y del surco intraparietal, zonas relacionadas con la tarea que realizaban los monos.

A la base de estas evidencias desde Salus Mayores recomendamos que cualquier persona trabaje y estimule sus capacidades cognitivas para mejorarlas.

Gema Díaz Blancat, Neuropsicóloga